Y así tenemos la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro, hasta que el día despunte y el lucero de la mañana aparezca en vuestros corazones. 2 Pedro 1:19
La iglesia cristiana, muy temprano en su historia, sintió la necesidad de especificar los libros con los cuales Dios comunicó su voluntad a la humanidad. Esa necesidad se fundamenta en la creencia de que si Dios ha roto el silencio de los tiempos para entablar un diálogo con los seres humanos, por tanto, debe haber alguna forma adecuada de saber con seguridad dónde se encuentra esa revelación.
A causa de la existencia de muchos escritos extra- escriturales y del esparcimiento que sufrió Israel como nación los judíos se vieron en la necesidad de determinar cuáles libros constituían la autorizada palabra de Dios; los judíos llegaron a ser un pueblo de un libro, y fue este libro lo que los mantuvo unidos.
Con el paso de los años esta situación (proliferación de escritos extra-bíblicos y esparcimiento por persecución) causó que dicha necesidad se trasladara al cristianismo incluyendo ahora los escritos del nuevo testamento como parte del escrutinio sagrado.
Aún más, desde el primer siglo-y de ello tenemos testimonio en los escritos del Nuevo Testamento-los dirigentes cristianos hubieron de enfrentarse a problemas que tenían que ver no sólo con aspectos prácticos de la vida cristiana personal y comunitaria (cuestiones morales y de relaciones personales), sino también con desviaciones doctrinales, resultado de la incomprensión-o de la distorsión intencionada-del significado del evangelio. En varios libros del Nuevo Testamento podemos detectar esta lucha de aquellos primeros escritores cristianos.
Surgen entonces las controversias doctrinales, en algunas de las cuales se vio envuelto todo el mundo cristiano. Por supuesto, no todas suscitaron el mismo interés (algunas estaban circunscritas a una región) ni tenían igual importancia. Pero desde el principio se vio una necesidad imperiosa: la de contar con un corpus propio de libros sagrados que pudieran servir como punto de referencia y como fuente y criterio a la hora de tomar decisiones doctrinales. En otras palabras: hacía falta establecer un canon.
Como es de esperar, la conciencia de esta necesidad no fue algo que irrumpió repentinamente en los círculos cristianos. Es más, los cristianos de los primeros siglos, como ya se indicó, llegaron a considerar que algunos libros que actualmente no forman parte de nuestro Nuevo Testamento sí eran parte del canon. Este hecho es fundamental para entender el panorama que hoy se nos presenta en el marco general del cristianismo, pues no todos los cristianos aceptan el mismo conjunto de libros canónicos.
Aun cuando los cristianos tenemos el mismo canon del antiguo testamento, el número de libros difiere. El orden de los libros también difiere. El antiguo testamento protestante sigue un orden tópico en lugar de un orden oficial.
El canon de la Biblia delimita los libros que los creyentes han considerado como inspirados por Dios para transmitir la revelación divina a la humanidad; es decir, establece los límites entre lo divino y lo humano: presenta la revelación de Dios de forma escrita.
En la tradición judeocristiana, el canon tiene un propósito triple. En primer lugar, define y conserva la revelación a fin de evitar que se confunda con las reflexiones posteriores en torno a ella. Tiene el objetivo, además, de impedir que la revelación escrita sufra cambios o alteraciones. Por último, brinda a los creyentes la oportunidad de estudiar la revelación y vivir de acuerdo con sus principios y estipulaciones.
Es fundamental para la comprensión cristiana del canon tomar en consideración la importancia que la comunidad apostólica y los primeros creyentes dieron a la teología de la inspiración. Con la certeza de que se escribieron ciertos libros bajo la inspiración de Dios, los creyentes seleccionaron y utilizaron una serie de libros, reconociéndoles autoridad ética para orientar sus vidas y decisiones. Esos libros alimentaron la fe de la comunidad, los acompañaron en sus reflexiones y discusiones teológicas y prácticas, y, además, les ofrecieron una norma de vida. Los creyentes, al aceptar el valor inspirado de un libro, lo incluían en el canon; en efecto, lo reconocían como parte de la revelación divina.
El término griego kanon es de origen semítico, y su sentido inicial fue el de «caña». Posteriormente, la palabra tomó el significado de «vara larga» o listón para tomar medidas, utilizado por albañiles y carpinteros. El hebreo qaneh tiene ese significado (Ez 40.3, 5). El latín y el castellano transcribieron el vocablo griego en «canon». La expresión, además, adquirió un significado metafórico: se empleó para definir las normas o patrones que sirven para regular y medir.
Desde el siglo II de la era cristiana, el término kanon se empleó para referirse a «la regla de fe»; en el siglo IV se empleó la palabra «canon» para determinar no solamente las normas de fe, sino también para referirse propiamente a las Escrituras.
El «canon» de la Biblia es el catálogo de libros que se consideran normativos para los creyentes y que, por lo tanto, pertenecen, con todo derecho, a las colecciones incluidas en el Antiguo Testamento y en el Nuevo.
PRUEBAS A LAS QUE ERA SOMETIDO UN LIBRO PARA SER INCLUIDO EN EL CANON
Existían básicamente 5 principios guías que se usaban para determinar si un libro era o no inspirado divinamente
1.- ¿Es Autoritativo?– ¿Provino de la mano de Dios? ¿Viene este libro con el sello divino “Así dice el Señor”?
2.- ¿Es Profético?– ¿Fue escrito por un hombre de Dios?
3.- ¿Es Autentico?– Los padres de la iglesia eran partidarios de la política “si está en duda, deséchalo” lo que realzó la validez de su discernimiento de los libros canónicos
4.- ¿Es Dinámico?– ¿Tiene el poder de Dios que transforma las vidas?
5.- ¿Fue recibido, reunido, leído y usado?– ¿Fue aceptado por el pueblo de Dios?
Pedro reconoció las obras de Pablo como Escrituras, o sea, al mismo nivel de los escritos del antiguo testamento (2 Pedro 3:16)
CRISTO Y LA VALIDACION
DE LOS ESCRITOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Lucas 24:44. Y les dijo: Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.
Juan 10:31-36. Jesús no estaba de acuerdo con las tradiciones orales de los fariseos (Marcos 7; Mateo 15) pero no sucedía lo mismo con su concepto del canon hebreo. No existe evidencia alguna de disputas entre Él y los judíos, concerniente a la canonicidad de algún libro del antiguo testamento.
Lucas 11: 51. Zacarías es el último mártir que se menciona de acuerdo al orden del antiguo testamento hebreo (2 Crónicas 24:21)
EN BUSCA DE LO AUTENTICO
Muchos declaran: “para definir el canon bíblico los líderes de la iglesia se reunieron en un concilio y decidieron cuales eran los libros que mejor les ayudaban y en seguida obligaron a los demás a aceptarlos”. Esto es lo más alejado de la verdad que uno pudiera imaginarse.
La razón principal para inquirir si los escritos eran inspirados es que se conservan registros de descensiones que se suscitaron entre los rabinos después de la caída de Jerusalén el año70 D.C. en cuanto a la veracidad de algunos libros, lo cual conllevó a la revisión de cada libro supuestamente inspirado para verificar su autenticidad divina.
El proceso anteriormente señalado estribo en que se descartasen ciertos libros del canon recibiendo estos el nombre de libros apócrifos.
SE DESVARATAN LOS LIBROS INEXACTOS
Estos libros son conocidos como Apócrifos, el término significa escondido u oculto, procede de la palabra griega apokruphos.
Quedaron fuera de las Escrituras debido a que:
1.- Abundan en inexactitudes y anacronismos históricos y geográficos
2.- Enseñan doctrinas falsas y fomentan prácticas que están en desacuerdo con la escritura inspirada
3.- Recurren a tipos literarios y despliegan una artificialidad en las materias y en el estilo, que no guarda relación con la escritura inspirada
4.- Carecen de los elementos distintivos que le dan a la genuina escritura su carácter divino, tal como el poder profético, poético y el sentimiento religioso
¿Cómo se formó el canon del Nuevo Testamento?
Es obvio que no se trata de que a alguien se le hubiera ocurrido reunir en un solo volumen un cierto conjunto de obras (muy dispares, por cierto, en cuanto a extensión y contenido) y hubiera proclamado, porque así le pareció bien, que esos libros eran sagrados. Tampoco se trata de que Dios le haya soplado a alguien en el oído y le haya dictado, libro por libro, la lista completa de los que habrían de componer el Nuevo Testamento. El proceso fue muy distinto. Mucho más complejo, mucho más rico y mucho más interesante. Y no exento de dificultades.
En primer lugar, hay una estrechísima vinculación entre la formación del canon y la formación del texto. Ambos desarrollos no pueden identificarse, pero tampoco pueden separarse sin hacer violencia a uno de los dos.
Como es de sobra conocido, los escritos del Nuevo Testamento son escritos ocasionales. Con ello queremos decir que hubo una «ocasión» (o unas «ocasiones») que, de hecho provocaron su formación. O, dicho de otra manera: Esos textos no aparecen simplemente porque sus autores un día se levantaron con ganas de escribir y luego tuvieron la brillante idea de que sería «bonito» poner por escrito lo que les había venido a la mente. Al contrario. No es extraño el caso de un determinado autor bíblico que escriba angustiosamente, y que habría preferido no tener que escribir lo que estaba escribiendo. Eso es, en efecto, lo que a veces le pasaba a Pablo apóstol. Oigámoslo cuando escribe estas palabras: «Porque por la mucha tribulación y angustia de corazón os escribí con muchas lágrimas, no para que fueseis contristados Porque aunque os contristé con la carta, no me pesa, aunque entonces lo lamenté» (2 Co 2.4; 7.8a). Fueron muy diversas las «ocasiones» o circunstancias que movieron a los diferentes autores del Nuevo Testamento a poner en papiro (que era el papel de la época) sus pensamientos, exhortaciones, esperanzas, oraciones, etc.
El material que se incluye en esa obra global es variado: hay predicaciones (u homilías), cuentos que Jesús contaba (eso son las parábolas, y Jesús era un consumado e inigualable narrador), relatos de acontecimientos, oraciones, exhortaciones, visiones proféticas y apocalípticas, escritos polémicos, cartas personales, secciones poéticas. En cada caso, fue el problema o situación particular que el autor quería enfrentar y las características propias de sus lectores lo que determinó la naturaleza de cada escrito.
Veamos:
Cuando Pablo, Pedro, Juan o Judas, pongamos por caso, se sientan a escribir, ya sea por propia mano o, como solía hacer Pablo, por la interpósita mano de un secretario, lo que querían hacer era responder a la situación específica que se les había presentado: pleitos entre hermanos, inmoralidad en la congregación, penetración en la comunidad cristiana de ideas extrañas que negaban tanto la eficacia de la obra de Jesucristo como la eficacia de la fe, gozo por la fidelidad de los hermanos y por la expresión de su amor, necesidad de recibir aliento en momentos de dificultad y prueba o lo que fuera. Y esas autoridades de la iglesia escriben, habiendo buscado la dirección de Dios, en su calidad de tales: apóstoles, obispos (en el sentido neotestamentario), pastores y dirigentes de la comunidad cristiana en la diáspora.
Cuando ellos escribían, ni siquiera soñaban que aquello que producían tenía, o llegaría a tener, la autoridad de los escritos sagrados que leían en la sinagoga y en las primeras congregaciones de cristianos. Puede decirse que en el Nuevo Testamento, quizás con la excepción del Apocalipsis -por su naturaleza particular-, no hay indicios de que sus autores creyeran que lo que estaban escribiendo iba a ser parte de «La Escritura». Pero, por proceder esos escritos de quienes procedían, por la autoridad que representaban sus autores y por considerar que, de alguna manera, eran testimonio de primera mano y fidedigno de «las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas» (Lc 1.1), los grupos cristianos no sólo guardaron y releyeron los textos que directamente ellos habían recibido sino que, además, comenzaron a producir muchas copias y a distribuirlas entre otras tantas comunidades hermanas. Poco a poco, los cristianos fueron reconociéndoles a esos textos autoridad privilegiada para la vida de la Iglesia y, con ello, reconocieron la inspiración divina en su producción y elaboraron, en fecha posterior, la doctrina correspondiente.
Los escritos de los apóstoles y de los otros seguidores de Jesús (especialmente la mayoría de aquellos escritos que luego se incluyeron en el conjunto que llamamos Nuevo Testamento) gozaron desde muy temprano de una calurosa recepción y se convirtieron en fuente de autoridad para los escritores cristianos de los años subsiguientes. Cuando se leen los escritos de los Padres apostólicos puede notarse la presencia, en ellos, de la enseñanza apostólica, tal como la conocemos por los libros ahora canónicos. Hay citas, en esos escritos, de todo el Nuevo Testamento, con excepción de los siguientes libros: Filemón, 2 de Juan y 3 de Juan. Los siguientes se citan muy poco: 2 de Pedro, Santiago y Judas.
EVIDENCIA HISTORICA EN FAVOR DEL NUEVO TESTAMENTO
Marción.
En el siglo II aparece un personaje de cuya vida tenemos muy pocos datos: Marción. Al parecer, fue excomulgado de la iglesia por su propio padre (quien debió, por tanto, ser obispo). Luego se afilió a la comunidad cristiana de Roma, y también de allí lo expulsaron (probablemente en el 144 d.C. Influido por creencias no cristianas, consideró que el Dios de quien habla el Antiguo Testamento no es el Dios verdadero, por lo que rechazó, en bloque, todos los libros de la Biblia hebrea. Por aquel entonces no se había establecido en la iglesia ningún canon, y por eso bien puede afirmarse que es Marción el primero que define un canon de libros cristianos. Según él, estaba constituido por el Evangelio de Lucas y por diez de las epístolas paulinas (todas menos las cartas pastorales; Hebreos no cuenta). Aun en esos libros que aceptó, Marción hizo recortes, pues consideraba que la iglesia había manipulado el texto y lo había pervertido.
La acción de Marción fue muy significativa. Muchos escritores cristianos lo atacaron. Fue condenado en el 144 d.C. Pero su atrevimiento dio inicio, en cierto sentido, a un proceso que llevaría a la definición de un canon «cerrado». «La polémica contra las pretensiones de los gnósticos de disponer de tradiciones secretas y contra las de Marción de escoger y corregir los textos, rechazando además las Escrituras hebreas, contribuyó a reforzar la conciencia del privilegio que tenían los escritos juzgados como apostólicos, en función de la acogida que obtuvieron entre las principales iglesias y teniendo en cuenta los criterios internos de seriedad y ortodoxia».
Ya por el año 200 d.C. se ha aceptado la idea del canon y se ha compilado una buena parte de su contenido; sin embargo, no hay unidad de criterio en cuanto a la totalidad de los libros que lo componen. Este hecho se percibe muy bien por las dudas y variaciones que se presentan en las listas que se dan en diversas partes donde el cristianismo se había desarrollado.
Taciano.
Antes de finales del siglo II, Taciano -que había sido discípulo de Justino Mártir- escribe su Diatessaron (ca. 170 d.C.), que es una armonía de los cuatro evangelios. Este hecho muestra que, para esa fecha, ya se consideraba que los evangelios canónicos eran esos cuatro.
El fragmento de Muratori.
De finales del siglo II o principios del III, es un manuscrito que contiene una lista de libros del Nuevo Testamento, escrita en latín, conocida como el Fragmento Muratori, por el nombre del anticuario y teólogo que descubrió el documento: Ludovico Antonio Muratori.
En el Fragmento Muratori se mencionan, como libros aceptados, 22 de los que componen nuestra versión del canon del Nuevo Testamento. Faltan los siguientes: Hebreos, Santiago, 1 y 2 de Pedro, 3 de Juan. Pero se añaden, como aceptados, otros dos libros: Apocalipsis de Pedro y Sabiduría de Salomón. Además, se da una lista de obras que fueron rechazadas por la iglesia, por diversas razones.
Orígenes.
Por su parte, el gran Orígenes (quien muere alrededor del año 254 d.C.), indica que son aceptados veintiún libros del actual canon de veintisiete; pero hay otros que él cita como «escritura», como la Didajé y la Carta de Bernabé. Luego menciona entre los textos acerca de cuya aceptación algunos dudan, los siguientes: Hebreos, Santiago, Judas, 2 de Pedro, 2 y 3 de Juan, además de otros libros (como la Predicación de Pedro o los Hechos de Pablo).
Eusebio de Cesarea.
Eusebio de Cesarea nos presenta, en su Historia eclesiástica, una síntesis de la situación a principios del siglo cuarto, en cuanto al status de los libros sagrados dentro del cristianismo. Dice así el padre de la historia eclesiástica:
«En primer lugar hay que poner la tétrada santa de los Evangelios, a los que sigue el escrito de Hechos de los Apóstoles.» Y después de este hay que poner en lista las Cartas de Pablo. Luego se ha de dar por cierta la llamada 1 de Juan, también la de Pedro. Después de estas, si parece bien, puede colocarse el Apocalipsis de Juan, acerca del cual expondremos oportunamente lo que de él se piensa.
Estos son los que están entre los admitidos [griego: homolo- goumena]. De los libros discutidos [antilegomena], en cambio, y que, sin embargo, son conocidos de la gran mayoría, tenemos la Carta llamada de Santiago, la de Judas y la 2 de Pedro, así como las que se dicen ser 2 y 3 de Juan, ya sean del evangelista, ya de otro del mismo nombre.
CONCLUSION:
Nos toca, como cristianos, agradecer a Dios por el don especial de estos libros que son «un libro», abrir sus páginas para descubrir en ellas su palabra, para recibir inspiración y corrección, y para comprender mejor su voluntad.
«Conoces las sagradas Escrituras, que pueden instruirte y llevarte a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien» (2 Ti 3.15-17).




porque son libros errados , y en los cuales nos han enseñado por medio de la palabra que no son de Dios bendiciones
si comenzamos a investigar sobre estos escritores de estos libros nos damos cuenta que ni uno de ellos es hebreo en Romanos 3:1-2 nos declara que al pueblo judío le es confiada la palabra de Dios… Bueno ese es mi aporte
No creo en ellos, el Apostol Pablo nos enseña que toda escritura es inspirada por Dios y que esta es util… tenemos que tener en cuenta que esta entonces no debe porque contradecirse, y aun mas Dios siempre confirma su palabra porque por medio del evanguelio de Juan enseña que su palabra es verdad, esta no miente, no puedo creer a cada profeta, apostol ni aun libros nuevos que aparecen, (Apocalipsis 2:2) ablando le a la Iglesia de Efeso “yo conosco tus obras, trabajo, y paciencia, y que tu no puedes sufrir a los malos, y has probado a los que se dicen ser apostoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos” por lo de mas recuerdo las palapras de Jesus “escudriñad las escrituras, porque a vosotros os parece que en ella teneis la vida eterna;” y si miramos con atencion lo siguiente nos d la luz de esto… “y ellas son las que dan testimonio de mi” cro que Jesus es Dios y todo profeta que lo niege apostol o libro es hallado falso, asi tambien no hable lo que Jesus nos hablo tambien es hallado mentiroso. que Jesus les bendiiga a todos los hermanos en cristo…